Yo también tuve un proyector ruso (+fotos)

Quizá uno de los “juguetes” que más disfruté de mi infancia es un proyector ruso que, si mal no recuerdo, me costó 12 pesos y fue el que enriqueció mi  mundo audiovisual.

Lo compré en una bodega y solo había dos “películas” para ver: el segundo capítulo de “Don Quijote de la Mancha” y el cuarto de “El caballito jorobadito”. De este último jamás olvido sus textos rimados y puedo citar de memoria el inicio de de la historia:

En una lejana tierra
Tras los bosques y la sierra
Del otro lado del mar
Tenía un mozo su hogar
Eran sus únicos dones
Tres hijos, los tres varones
El mayor listo, sesudo
El mediano cahazudo
Y el menor un pasmarote
Un tonto de capirote.

proyector ruso
Foto: www.ifriedegg.com

Pero permítanme ubicarlos en contexto. El llamado proyector de vistas fijas pesaba muchísimo, tenía un bombillo de 12 volts que recalentaba su estructura metálica y no disponía de ventilador.

Los filmes que se mostraban venían en unos potecitos plásticos redondos de 35 mm que se introducían por un rodillo y con una pequeña manivela se movía la imagen que venía acompañada de subtítulos.

proyector ruso
Foto: www.ifriedegg.com

En mi caso llegué a tener alrededor de 50 películas. Luego de Don Quijote y el Caballito Jorobadito pude hacerme de títulos como “Simbad el marino”, “Robinson Crusoe”, “Chipolino”, “Elpidio Valdés” y “Gulliver” que era mi favorito, ya fuera en el país de los enanos o en el de los gigantes.

Las historias, en la mayoría de las ocasiones, las vi con mi hermano, con los vecinitos y vecinitas de entonces. Poníamos una sábana blanca en casa y alguien se encargaba de la lectura de los textos en voz alta.

A veces nos disparábamos tres o cuatro historietas seguidas. En aquel momento no había conciencia de ahorro energético ni nada parecido. La Unión Soviética nos daba petróleo y nosotros le regalábamos azúcar.

Un día, por eso que llaman “cosas de muchachos”, y luego de haber visto varias veces a todos los “rollitos” que tenía a mi alcance, decidí vender el proyector ruso a un amigo del barrio, además de un nylon anexo con todas las “peliculitas” dentro.

Fue, sin dudarlo, uno de los errores de mi infancia-adolescencia. Carlos René, un compañero de aula, me dijo que aquel artefacto podía servir para mostrarlo a mis hijos y entonces caí en la cuenta del detalle, pero fue demasiado tarde.

Hoy día, entre ordenador personal, teléfono móvil, livestream, tablet, 3D y Iphone, no es muy necesario ¡ni atractivo! este tipo de aparato para cualquier niño de la era moderna.

proyector ruso
Foto: www.ifriedegg.com

Pero yo, allá en el fondo, rememoro los días de fotogramas fijos con luces apagadas y paredes o telas a modo de pantalla.

Mi proyector ruso fue, sin dudarlo, un complemento de las historias, los cuentos infantiles y los libros de texto, un aliado de mis padres y sustituto de maestras, un valioso pasatiempo de mi infancia.

A veces, cuando menos lo imagino, extraño aquel pedazo de metal, con su lente, su bombillo amarilloso, su fiebre crónica y su cartelito que decía “hecho en la URSS”.

Entonces pongo Youtube y se me pasa.

* Escrito por Kike Perdomo kikeperdomo@gmail.com con fotos de IFriedegg.com

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