Hablando de campanas…
A propósito de lo sucedido con el P. Alberto Reyes, he valorado ofrecer, como sacerdote y como cubano, mi visión de lo ocurrido. He leído muchos comentarios con la más amplia diversidad de puntos de vista posibles. He aquí el mío.
Ante todo manifestar a Alberto mi apoyo y agradecimiento. Sabe bien él de mi cercanía y admiración por su persona. Hemos estado juntos en las buenas y en las no tan buenas. Hemos pensado juntos en varias ocasiones qué hacer y cómo hacerlo.
Ahora, aunque estoy lejos de Cuba (no por haberlo preferido), mi corazón y mi mente siempre están cercanos al sufrimiento de mi pueblo y al valor de los que aún logran permanecer.
Como buen pastor, Alberto ha buscado hacerse eco del descontento popular, para nadie secreto. Y sí, por qué no, las campanas. Si bien son usadas normalmente para los actos litúrgicos, históricamente han sido usadas también para expresar los sentimientos generales del pueblo; nuestra historia cubana está cargada de ejemplos. Las campanas han expresado nuestras batallas, victorias y derrotas, urgencias y peligros, nos han felicitado y han llorado con nosotros a nuestros muertos. Las campanas, como los sacerdotes, somos para el pueblo y pertenecemos a él.
Cuba está sometida por una mafia que pareciera ser inquebrantable. Siempre endeble, pero siempre sobreviviente. Los que no logran sobrevivir son sus hijos, que están como en un callejón sin salida del que se hace muy difícil escapar.
Alberto es quizás una campana, como las de su iglesia, que si bien puede parecer débil es persistente en su anuncio: «nos están matando».
Y el mundo no oye… y algunos cubanos tampoco; y otros oyen, pero prefieren morir “en paz”. Unos y otros necesitan las campanas de Alberto, las de la torre de su iglesia y las de su pluma, que pareciera ser siempre un grito sereno: si esto se pudiera conjugar. Las necesita el mundo para compadecerse de los sufridos; algunos cubanos para despertar y buscar juntos una salida, y finalmente involucrarse en la búsqueda de la verdadera paz.
En lo referente al Arzobispo de Camagüey, su actitud no nos sorprende, ni podríamos esperar otro comportamiento. Aun cuando en un texto, atribuido a él y que circula en las redes sociales, pareciera legitimar el derecho de los cubanos a levantar su voz y el de la Iglesia: para «ayudar a concientizar y ayudar a superar el miedo que nos paraliza, desde el mensaje liberador del Evangelio».
No parece un texto salido de su pluma y, en honor a la verdad, las voces divergentes, también por él, han sido siempre silenciadas de las más diversas maneras y por los intereses más variados. Fui víctima de este atropello en mi propia persona, cuando se abusó de la obediencia religiosa para impedirme un derecho cívico. Por ello, desde el exilio, como hijo de Cuba y sacerdote no pierdo la oportunidad de hacer lo que esté a mi alcance en la defensa de la libertad para mi tierra natal.
«… su actitud no nos sorprende, ni podríamos esperar otro comportamiento (…) y, en honor a la verdad, las voces divergentes, también por él, han sido siempre silenciadas de las más diversas maneras», añade Gálvez.
Contexto👇https://t.co/ZR9RxbJ5Bk— Cuba Trendings (@cubatrendings) May 24, 2024
Y a los que se atrevieran a juzgarme por hablar desde el exilio y pretendieran quitarme mis derechos como cubano, les recuerdo que algunos de nuestros más dignos patriotas; e incluso los villanos, que sumergieron a Cuba en el infierno comunista en el que está, trabajaron desde el exterior para lograr sus propósitos: unos para liberar y otros para someter, pero igual desde fuera de la Isla.
Cada cubano, desde el rincón del mundo en el que esté, necesita alzar su bandera por la libertad, es un derecho y un deber y ahora mismo una obligación.
Para Alberto mis felicitaciones y mis oraciones. En gente como él la verdadera Cuba tiene su esperanza.
Padre Fernando Gálvez
New Jersey, 24 de mayo de 2024

