El régimen de Cuba volvió a vincular la figura de Fidel Castro con la religión durante un acto en el que participaron funcionarios y personalidades cercanas al poder, una iniciativa que despertó críticas por intentar reivindicar al fallecido dictador mientras quedan fuera del discurso oficial décadas de persecución, discriminación y restricciones contra creyentes e instituciones religiosas en la isla.
El encuentro sobre Fidel Castro y la religión contó con la presencia de Lis Cuesta, esposa del gobernante Miguel Díaz-Canel; Caridad Diego, jefa de la Oficina de Atención a los Asuntos Religiosos del Comité Central del Partido Comunista de Cuba (PCC); y el fraile dominico brasileño Frei Betto.
La presencia de Diego resultó especialmente significativa debido al papel que desempeña la oficina del PCC encargada de supervisar las relaciones del régimen castrista con las diferentes denominaciones religiosas.
A través de las redes sociales se difundieron cuestionamientos sobre el acto y se recordó que la historia de las relaciones entre el castrismo y las iglesias estuvo marcada por fuertes restricciones, particularmente durante las primeras décadas posteriores a 1959.
La historia que quedó fuera del homenaje
En ese sentido, el discurso construido alrededor de Fidel Castro y la religión contrasta con episodios ocurridos después del triunfo revolucionario, cuando el nuevo sistema político avanzó hacia la eliminación de espacios independientes y convirtió el ateísmo marxista en uno de sus pilares ideológicos.
En 1961, el régimen nacionalizó la enseñanza privada, una medida que provocó el cierre o confiscación de numerosas escuelas administradas por instituciones católicas y protestantes. Ese mismo año, más de un centenar de sacerdotes católicos fueron expulsados de Cuba a bordo del buque español Covadonga, en uno de los episodios más recordados de la confrontación entre el castrismo y la Iglesia.
Durante años, los creyentes también enfrentaron obstáculos para ingresar al Partido Comunista y denunciaron discriminación en determinados ámbitos educativos y profesionales. Aunque la política estatal experimentó cambios posteriores y el régimen flexibilizó algunas restricciones, las organizaciones religiosas nunca quedaron completamente fuera de los mecanismos de vigilancia y control político.
En Facebook, Osvaldo Gallardo González resumió esa continuidad al señalar que se pasó de “expulsando sacerdotes y religiosos, cerrando escuelas católicas y protestantes” a “vigilando a las comunidades y haciendo la vida imposible a quienes se atrevan a disentir desde su fe”.
Frei Betto y el intento de reconstruir la imagen de Castro
Otro de los participantes fue Frei Betto, autor del libro Fidel y la religión, publicado a partir de extensas conversaciones que sostuvo con Castro durante la década de 1980.
La obra contribuyó a proyectar internacionalmente una imagen diferente del gobernante cubano frente al cristianismo, especialmente en sectores religiosos y de izquierda de América Latina. Sus críticos, sin embargo, consideran que esa narrativa minimizó la responsabilidad política de Castro durante los años más duros de confrontación contra las iglesias.
Gallardo acusó directamente al religioso brasileño de contribuir al “blanqueamiento de la imagen de Castro frente a la represión religiosa” y criticó su participación en una nueva actividad dedicada a exaltar su legado.
El evento sobre Fidel Castro y la religión recuperó precisamente esa relación, pero sin poner en primer plano a quienes sufrieron las políticas religiosas aplicadas por el Estado cubano.
Caridad Diego y el control estatal sobre las iglesias
La participación de Caridad Diego también abrió otro frente de cuestionamientos. La Oficina de Atención a los Asuntos Religiosos no funciona como una institución independiente dedicada a garantizar la libertad de culto, sino que pertenece directamente al Comité Central del Partido Comunista.
Desde esa estructura se gestiona la relación política del régimen con iglesias, denominaciones y organizaciones religiosas.
Gallardo consideró que Diego representa la continuidad de un modelo en el cual el Estado determina hasta dónde pueden extenderse las actividades religiosas sin entrar en conflicto con los intereses políticos del sistema.
“Porque el régimen puede permitir una procesión, una misa o una manifestación religiosa pública mientras no le resulte desfavorable. La fe es tolerable mientras no incomode al poder”, escribió.
La crítica adquiere especial relevancia ante las denuncias de sacerdotes, pastores, líderes religiosos y organizaciones defensoras de la libertad de culto que durante los últimos años señalaron vigilancia, interrogatorios, presiones y restricciones contra comunidades o religiosos críticos de la realidad nacional.
De esta manera, la celebración de Fidel Castro y la religión dejó una contradicción difícil de ignorar: mientras el régimen intenta presentar una relación conciliadora entre Castro y la fe, permanecen en la memoria histórica las escuelas religiosas clausuradas, los sacerdotes expulsados y los creyentes discriminados durante décadas de comunismo.
Para los críticos del castrismo, cualquier revisión de esa relación que excluya a las víctimas de la persecución religiosa ofrece una imagen incompleta de uno de los capítulos más controvertidos de la dictadura cubana.
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